Nada que ver no. 13

En el programa número trece de Nada que ver,  nos preguntamos por la fuerza de las palabras, sí, la fuerza de los discursos, de esos largos y entretenidos sermones que mueven rocas, fulminan sentimientos y levantan a los muertos. Ya sean políticos, periodísticos, sean parte de la ficción cinematográfica o televisiva, de la historia contemporánea o de la literatura; tienen una funcionan: excitar a aquel que lo escucha. Hablamos de esto, porque como una vez dijo  Stefan Zweig  “Nadie debe juzgar con una medida que no conoce”, y es por eso que las palabras son necesarias en la política, porque cuando está no sabe por dónde pisar y se tambalea, la sociedad se encuentra en un descontrol, la inconformidad aparece y la inseguridad es más cercana, junto con la tristeza generalizada por culpa del engaño, cuando la fe es ciega sobre nuestros gobernantes, cuando se cree que el país puede avanzar o cuando se cree en las palabras de aquellos que ocupan el poder y creemos que sabrán tomar las decisiones correctas para el bien de todos nosotros. Pero no es así, ahora nos encontramos de luto, el estado de bienestar ha muerto, pero no todo es culpa del político, o del economista, nos debemos preguntar cuánto de todo esto es nuestra culpa, porque muchos burlan al estado, se han aprovechado estratégicamente del paro, de las ayudas, de los favores políticos, nos aprovechamos de las ayudas laborales y por eso dependemos de los sindicatos; explotamos y tratamos de burlar a hacienda; exigimos y demandamos pero no cumplimos, la balanza no está a favor de un lado o del otro, ni siquiera esta equilibrada, se tambalea, sin saber que nuestra conciencia o nuestros actos afectarán no a uno sino a cientos y es por eso que me atrevo a decir que España como país no existe. Culturalmente se burla de si misma, dónde esta su identidad, quiénes son.

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Estamos envueltos en un antimundo, las comunidades ya no funcionan y Camille de Toledo, en su libro Punks de Boutique, dice:

Quiero hablar del que nace en silencio, lejos del bullicio; el antimundo en el que los valores se invierten de nuevo. Tras lo dionisíaco, tras Nietzsche, tras la muerte de Dios, tras el hedonismo. El que ahora balbucea, a veces se pierde, y se alista tras las consignas artificialmente infladas de sentido.

El antimundo es un espacio, un territorio y una lengua que se buscan todavía; no encuentra, tantea, explora, diseca y descubre. Es

Imagen de Anton Semenov

un lugar dominado por el duelo y el adiós, donde la gente sigue obstinada, en creer en las instituciones, en la modernidad; un teatro donde el público forma parte integral de la tragedia que se escribe, donde se siguen gritando viejos lemas: “Democracia”, “Libertad”, en política “Transgresión” y “Banalidad”, en el arte.

Pero en ese extraño lugar, vuelto completamente hacia los relatos del pasado, ya nadie se engaña. Por ahora llamaré a sus habitantes los “desesperados” y si alguien me preguntase qué tienen por delante, qué los hace llorar en coro, respondería lo siguiente: “Es una nostalgia, pero bien curiosa. No lloran por lo que dejo de ser, lo que desapareció, lo que se les queda atrás. En realidad, no es la nostalgia de un pasado que ya no es, sino la de un futuro que podría ser”.

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